jueves, 18 de enero de 2018

Pedro Páramo. Juan Rulfo. Echar rasero.





"No es lo que parezca. Así es. Aquí no vive nadie."

Pedro Páramo 
Juan Rulfo 

El mejicano Juan Rulfo estuvo de centenario durante el año pasado, por lo tanto da los primeros llantos en 1917 en la casa familiar de Apulco, Jalisco. Muere en la ciudad de Méjico a los sesenta y ocho años de edad, en 1986. A pesar de la escasez de su producción literaria publicada Juan Rulfo fue un profesional de la escritura, su oficio fue escribir guiones de radio y televisión, acostumbrado a pensar para escribir y poder decir misión cumplida al final de la jornada. Escritor forjado entre la satisfacción de los libros leídos y la avidez de los que quedan por leer. No se escribe Pedro Páramo sin tener detrás un bagaje de muchos años de lectura atenta y escritura. Ni estudios rigurosos de lingüística y teoría literaria. No es por tanto un advenedizo tocado por la varita mágica de la excelencia que de repente escribe como los ángeles; ni un recién llegado al que le suena la flauta por casualidad y escribe esta novela que nos embarga. Se entiende perfectamente que no se prodigara más en la escritura después de estar todo el día escribiendo por obligación y para vivir, tendría que dejar descansar las neuronas y el cuerpo para no hacer más llaga en el trasero de tanto estar sentado para escribir, como dicen que le pasaba a Camilo José Cela. La cuestión es hallar el equilibrio entre ejercitar el músculo y el intelecto, entre el ejercicio físico y la vida sedentaria. 

Juan Rulfo publica Pedro Páramo en 1955, la mitad de su vida, año arriba o abajo, en vista del éxito de El llano en llamas, publicada en 1953. Lo primero que llama la atención de estos dos títulos es que estamos ante un escritor atento, preocupado por los detalles y que deja las cosas bien rematadas. Lo digo por la sonoridad de los títulos, la repetición de los sonidos africados (sin entrar en profundidades fonéticas) que traducen acústicamente el sonido arrasador del fuego que convierte todo en ceniza, en llano, en nada: El llano en llamas. Según señala Jorge Volpi en el prólogo de mi edición, la novela se iba a titular “Los murmullos” repitiendo la ternura del sonido que suaviza la violencia de las llamas de la primera publicación. Pero el autor optó por el trallazo de las oclusivas al contacto con las erres que semejan los gritos de los cristeros contra las fuerzas del gobierno: Pedro Páramo. Los temblores del misterio de la creación. Y así es Pedro Páramo, una novela corta (no más de ciento cincuenta páginas) de una gran condensación. Una novela que confunde título, autor y protagonista del relato. Todo es breve y austero, pero tremendamente intenso. Cada palabra, cada asociación, cada sintagma, cada verbo contiene un estudio en sí mismo. La novela está dividida en capítulos muy breves, sin numerar, algunos de una sola línea, pero que al leerlos el lector se queda con la sensación de estar delante de una partitura insólita. 




"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas"

El ritmo montaraz y entrecortado del título se prolonga en el primer párrafo, marcado por la repetición saltarina del sonido de la letra erre. El primer capítulo está reconocido por lectores y críticos expertos como una pieza maestra de la literatura universal. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.” Las primeras frases no pueden ser más esclarecedoras, de significado más amplio. Una voz narradora habla desde Comala, el lugar donde van a ocurrir las cosas. El uso del “acá” nos dice que estamos ante un narrador que usa el español americano. Y los verbos utilizados en el primer párrafo no pueden ser más sencillos, los más usados en una lengua: venir, decir, vivir. La repetición premeditada de seis veces del verbo decir en el primer párrafo nos habla de austeridad, precariedad del lenguaje. El regreso a Comala viene acompañado de una vuelta a los orígenes de la lengua, a los balbuceos del nacimiento de los idiomas, justamente para expresar el frío de las manos muertas de una madre que dejó la vida agarrada a la mano de su hijo. 

Un diálogo desordenado en el tiempo entre madre e hijo rompe la narración en primera persona. Luego explica que está en Comala por la promesa que le hizo a su madre de buscar a su marido. Se resiste a llamar padre a quien no conoció y con el que le une una relación apenas biológica. Y termina el capítulo como empezó: “Por eso vine a Comala.” El autor cierra así el círculo en el primer capítulo que no llega a media página y que puede funcionar como un micro relato independiente y completo con planteamiento, nudo y desenlace abierto. 

Su mundo ha estado gobernado por la esperanza de descubrir la identidad de Pedro Páramo, el relato consistirá en narrar los avatares de un viaje, descubrir las raíces, la búsqueda de los orígenes. 



"Mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas"

Algo nos dice enseguida que el espacio físico en el que se desarrolla la historia es una rareza de la geografía, una anomalía del terreno, un dónde inestable. El lugar confunde la cuesta arriba con la cuesta abajo: “El camino subía y bajaba.” La voz narradora emprende el viaje solo y sin nada. El viaje es en el mes de agosto, cuando más aprieta el sol y el aire recalentado trae olores a podrido de las saponarias que trastorna las cabezas. (No se sabe de dónde habrá sacado Rulfo que las saponarias huelen mal). En un cruce de caminos se junta con un hombre que también baja a Comala tirando de dos caballerías. El calor aplomado agarra al suelo el penoso paso castellano de los dos burros cargados. Cruza cuatro palabras con él - comunicación primitiva con un hermano de padre, con quien también resulta ser hijo de Pedro Páramo-, mientras cruza el cielo una bandada de cuervos, pájaros cruzados, aves de mal agüero. 

El acompañante le comenta que su visita es una rareza, hace años que nadie se acerca por ese lugar. Pedro Páramo se alegrará de verle. Le advierte que no se queje del aire recalentado del camino, para calor el de Comala. Hasta los muertos condenados al infierno se resienten del frío y regresan a Comala a por una manta para pasar mejor las noches eternas del infierno. 

Él trae los ojos de su madre, ve a través de sus recuerdos fallidos. Comala no es como su madre le ha contado. Su vida se consumió con la añoranza de volver. Para llegar a Comala todo es bajar y bajar, justo hasta llegar a las mismas puertas del infierno. Abundio, que así se llama el compañero de camino (de eso nos enteramos más tarde, como todo en esta novela sigue el orden ilógico de los muertos, el mundo sin ruido), le informa de que todo lo que alcanza la vista pertenece a Pedro Páramo, incluido lo que hay dentro, lo vivo y lo muerto, porque en Comala ya no hay vivos, todos están muertos. Antes de despedirse le indica que pregunte a la señora Eduviges si es que está aún viva. Una señora, con la “voz hecha de hebras humanas,” le indica que vive al lado del puente. Un pueblo con río es una bendición porque donde hay agua nueva, hay vida.

Viene la muerte tarde o temprano, 
Nos asesina rápidamente; 
Ella no tiene ningún pariente, 
Ella no tiene ningún hermano: 
Muere el muchacho, muere el anciano, 
Se lleva al brujo y al hechicero, 
También se lleva hasta el ingeniero, 
Aunque ha tenido buenos colegios 
Ahí no valen los privilegios, 
VIENE LA MUERTE ECHANDO RASERO.
Amparo Ochoa



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 10 de enero de 2018

La saga/fuga de J.B. (42) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Cuerdas en el pelo.





"Badere búa dontilia con denbis?


La saga/fuga de J.B. (42) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

El Espiritista, el conocido fondista de la rúa Sacra, hace una entrada en escena meteórica. “¡Esperen! ¡Esperen! Señores jueces” grita desde fuera cuando ya la sala está casi despejada de público. Trae medio arrastrando a su hija, Julia, con las ropas desgarradas, desgreñada y con señales de golpes recientes. La trae para que la juzguen, pues aunque sea mayor de edad, vive a su costa y en su casa. La ha descubierto en la cama con el huésped más pobre, más sucio y feo de los alojados. El que le debe dinero, al que tiene por caridad, va y se lo paga con la deshonra del apoyo de su vejez, escarneciéndole con la niña de sus ojos. Aún confía en Montesquieu y la división de poderes, en que la justicia haga su trabajo y que la encierren en algún sitio, a su cargo, porque él no puede pagar las costas de meterla en un correccional. 

Don Acisclo interviene. Alza la mano derecha enseñada a ordenar y señalando con el dedo proclama que aunque la acusada tenga mala reputación, tiene derecho a defensa letrada. Esperan que don Jacinto Barallobre aparezca en cualquiera de las formas conocidas, pero no lo hace. Don Acisclo sospecha que no haya ningún letrado con las suficientes tragaderas para defenderla como ha pasado otras veces. Cuando don Acisclo se levanta con “solemnidad de sentenciador inapelable” dispuesto a condenar, Julia, asomada al borde de la escena, pide que no se precipiten porque a lo lejos aparece la figura pequeña y desangelada de don José Bastida dando tropezones con la toga calle arriba al caminar. Es cómplice de la acusada, pero ella tiene el mismo derecho a defensa que las otras acusadas defendidas por sus cómplices. 

Joseíño se recoge el sobrante de la toga que le arrastra como el hábito a una monja de gran lujo. Hace caso omiso a Julia que se le abraza al cuello y le suplica que la deje con su suerte, pero no, no, ni hablar, él es su suerte. A medida que sube la escalera, los focos del electricista caen sobre él y la sombra recrecida rebasa la fachada de la iglesia. El silencio sosiega los rumores. Fuera hay lleno hasta las tejas, un tendido invisible de voces levantadas compuesto de truhanes, de hijos echados de sus casa por los padres, de indecisos, de padres hemipléjicos, de repelentes niños vicentes, revolucionarios con coleta y de coleta cortada, cojos, ciegos, mancos y medio pensionistas le alientan con voces de los campos de  fútbol de ¡A por ellos oe, a por ellos oe! y ¡Ánimo, Pepe! ¡Ánimo, que son tuyos! “El Tribunal no contaba con aquella intervención masiva, que valía por un plebiscito.” 



"Duit luebis, duos vonbolateris"


De la sombra atruena la voz de los disconformes  paralizando los gestos y los cuerpos. Julia llora. Los ángeles trompeteros se toman un respiro, entran en paro técnico ante las clausulas interrogativas repletas de oclusivas velares que golpean los oídos de los jueces como las explosiones sordas de las cargas de profundidad en el fondo de los océanos. Submarino tocado. Sólo don Acisclo mantiene el silencio reposado. La batalla ya es bilateral: don Acisclo contra don Joseíño. De qué cantera montaraz sacaría José Bastida las pedradas que lanzaba y las vibraciones de las cuerdas vocales que convertían las consonantes sordas en sonoras. Febril como un novato lanzador de cuchillos afilando las herramientas de trabajo. Hasta los ángeles aburridos del tendido de sol, metidos en faena, aplauden las verónicas airosas que Bastida les brinda. Los jueces se achican a cada lance del diestro, reducidos a meros muñecos de bolsillo a merced del orador implacable. 

Don Acisclo abandona la sala al verse incapaz de controlar los sueños, momentáneamente sometido a los argumentos que como alaridos le lanza don José Bastida, crujido el cuerpo por la media lagartijera que remata la tanda de verónicas en los medios. Pero don Acisclo es un hueso duro de roer: “Ya nos veremos las caras” Exclama sin dar por perdido el combate mientras se pierde entre la niebla. 

Julia se le abraza de nuevo al cuello y le pide que lo deje marchar en buenas, ya lleva suficiente castigo encima. Se besan, le susurra al oído palabras melosas, que ya no es tan feo y que con él lo pasa mejor que con Manolo que sólo va a lo suyo y que a menudo la deja con la miel en los labios. Antes de irse le deja de regalo una chuleta de ternera porque estas cosas desgastan mucho y él tiene que comer porque está muy delgado. Cuando acaba de comerse la chuleta,  ya son más de las doce. Es media noche y el mundo se llena de destino, son los Idus de marzo. Los planetas se ponen en fila para cambiar la suerte de los hombres. José Bastida recibe felicitaciones y abrazos de los miembros de la Tabla Redonda. Lanzarote del Lago le ofrece una colaboración semanal bien pagada en el periódico local, está seguro que las ventas aumentarán. 

Nada de lo anterior tiene importancia comparado con la conversación que Bastida mantiene con Jacinto Barallobre para hablar sobre teoría y crítica literaria, un poco como los personajes que salen de la novela para rebelarse contra su creador en una mezcla de planos narrativos y metaliteratura. La novela y la crítica de esa novela antes de su publicación. El intento es genial, la tarea descomunal y novedosa. Barallobre cuestiona que lo contado sea verosímil. Para José Bastida puede que no sea verosímil, pero sí real. A modo de prueba, él mismo se pone como ejemplo de algo inverosímil y, sin embargo, real. Según señalan los últimos estudios, existen varias clases de realidades y José Bastida no se ha preocupado de clasificarlas. Para Jacinto Barallobre la historia no pertenece a la realidad de los sueños porque “jamás se ha dado el caso de que un sistema de sueños ofrezca la coherencia prolongada durante tanto tiempo como la que el suyo nos ofrece.” Puede que su sueño parezca un revoltijo, pero es largo y coherente a nivel textual. Falla en la reacción del lector, el receptor del mensaje, en este caso él mismo que no sale a matar a Jesualdo Bendaña. Bastida se niega a admitir que ese fuera su pensamiento, tan solo quería que Jacinto escuchase el relato como si fuera una novela, que Bastida nunca escribió, por supuesto, ni piensa hacerlo. “Escribir es uno de los muchos modos posibles de realizar una narración. Otro es la mera enunciación verbal.” 



"Vorlaios desfente cislogiltrante"

Jacinto no duda de que la novela sea suya a juzgar por el modo embarullado y fragmentario de contar las cosas más corrientes, sin plan previo que las organice. Admite que las cosas se puedan contar de manera diferente al orden cronológico y lineal, pero su manera de narrar se queda a medio camino entre lo uno y lo otro con un falso aire de espontaneidad. Lo acusa de falta de autenticidad tanto en la forma como en la materia narrativa. Lo culpa de irse por las ramas, emplear más tiempo y páginas en historias peregrinas y digresiones como las aventuras juveniles del obispo Bermúdez o los amores de Abelardo y Heloísa que en ceñirse en lo esencial y rematar las historias principales. Reconoce algunos aciertos como la historia del Canónigo Balseyro o los amores póstumos de su tatarabuela Lilaila Armesto con el capitán Barallobre; asimismo, le resulta graciosa la historia de la sustitución del Santo Cuerpo viejo por el nuevo, pero la introducción de Coralina le parece totalmente accesoria y la del Almirante la considera de una pobreza entristecedora, fronteriza con lo inane. 

El episodio del bote que escapa a la vigilancia de dos barcos ingleses con el ardid de la luz del farol colocada en el palo de la vela no es nuevo, ya lo cuenta el autor ferrolano y masón, Francisco Suárez, (paisano de don Gonzalo y del Generalísimo). Algo tiene de plagio. Además, si hubiera leído las cartas de su tatarabuela Lilaila Barallobre, le habría dado la importancia que merece, pues ella fue una mujer imponente. Es de agradecer que solo mente de pasada los amores de Lilaila con el Lieutenant de la Rochefoucauld. Lo que le molesta realmente es la hipótesis de aparecer como víctima de la conspiración entre Clotilde y Bendaña y no es así, él ya se había cansado de Clotilde y por eso dejó el primer puesto de las oposiciones, para alejarse y dejar el campo libre a Bendaña. Tampoco culpa a Bastida por la hipótesis del incesto, la culpable es Clotilde que vete a saber qué le habrá contado con lo mucho que habla. José Bastida admite una pasada de frenada en este asunto, pues podía haberlo obviado y no lo hizo porque no eran hermanos según Barallobre le contó a Bendaña un día. 

Le pregunta si hay premeditación en el hecho de identificarse y transmudarse en unos personajes que son todos altos siendo el bajito e identificarse con cuatro personajes protagonistas de leyenda y otros dos que ocupan puestos importantes en la sociedad, contemporáneos de José Bastida. Le propone que lo haga a él protagonista de la historia, no encontrará a nadie más apropiado que él, tan alto y con mando en la sociedad, le ahorra el trabajo de buscar equilibrios o encontrar compensaciones imaginarias. De todas formas, el día menos pensado él también se irá de viaje por los infinitos Jota Be, la facultad traslaticia y viajera no es monopolio de Bastida. Cotejarán los resultados al terminar. Pero antes, Bastida le invita a visitar la cueva, armados de pico, pala y palanca, principio, medio y fin de todos los secretos de Castroforte.

Por lo que tú quieras pase 
 Mis libros he "repasaíto" 
 Cuenta me tiene el dejarte. 

Son los toreros
Los que se amarran 
 Cuerdas en el pelo 
 Los que se amarran 
 Cinta en el pelo.
Miguel Poveda





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 3 de enero de 2018

La saga/fuga de J.B. (41) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Homilía fuera de guión.





"Su talante era tan admirable como la majestad de sus vestidos"

La saga/fuga de J.B. (41) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Un oficial salido de no se sabe dónde anuncia que se va a proceder al juicio público de cuatro pecadoras distintas, pero todas ellas homogéneas y acusadas del mismo pecado. Advierte de que en caso de no presentarse ante el juez sus tumbas serán abiertas, las cenizas aventadas y borrados los nombre de las placas. Todas las acusadas se llaman Lilaila y se diferencian por el apellido. Se presentan en espíritu. Nadie sabe cómo el tramoyista se las arregla para que tengan esencia trasparente con un fondo de fantasma concreto. Las cuatro conservan las características físicas que Jota Be conoció bien de cerca a pesar de que el tiempo nunca pasa en balde por los cuerpos serranos. El talle garrido de la Obispada había evolucionado al estatus de estafermo. El cuerpo de la Viuda se había desgalichado. La Barallobre parecía ahora un marimacho y Coralina Soto se había hinchado en todas las direcciones con la edad. 

Aunque el pecado sea el mismo, hay variantes a reseñar y que el fiscal distingue porque no es lo mismo un matrimonio sacrílego, profanador de reliquias, que recurrir a artilugios mecánicos para entretener la soledad o cometer adulterio con la complicidad del marido o la fornicación de alta vitola o  indiscriminada. 

Don Apapucio toma la palabra para abundar en la acusación a Coralina. Se le acusa de puta con todas las letras, de arriba abajo, por delante y por detrás y por activa y por pasiva. Y aunque sea inútil, el procedimiento es el procedimiento; hace pasar a los defensores uno a uno. Jacinto Barallobre disfrazado de Obispo Bermúdez es el primero en comparecer. Con un discurso, “pausado en la dicción y escueto en el estilo,” se responsabiliza de los hechos imputados a su mujer. Él se defenderá no ante un tribunal del siglo, sino ante el Altísimo cuando haya muerto del todo y se haga el recuento final de cadáveres. Reaparece trasmudado en Canónigo Balseyro, trae la frasca de la viuda y se la entrega, pero ella ya no la quiere. No tiene razón de ser porque ya están juntos. Son espíritus y están en el cielo, gozando de la gloria celeste, por lo tanto el juicio no tiene sentido. La observación de la defensa hace temblar al tribunal y al público asistente, pero no a don Acisclo,  acostumbrado a las dentelladas del dragón. A él no le importa, buenos estarían en la tierra si fueran a tener en cuenta la misericordia del cielo. Allá arriba son demasiado blandos. Ellos son jueces estrella, están aquí para juzgar y lo harán porque los delitos de las cuatro mujeres están sin juzgar en la tierra. Insta al Canónigo Balseyro a ejercer la defensa si quiere. Como no tiene otra alternativa, coge la frasca y se la pone en las narices del presidente por si la mesa quiere examinar de visu la naturaleza del instrumento de importación, el verdadero cuerpo del delito. Pero al tribunal no le interesa la naturaleza de las cosas sino sus relaciones y parece evidente que las de Lilaila con el objeto son pecaminosas y contra natura. 





"Cuando, por fin, el tren fue desalojado de escena mediante el uso de mecanismos electrónicos de alto voltaje, las acusadas habían desaparecido hacia las alturas."

Don Jacobo regresa a su manteo, recupera el centro de gravedad y desde los medios les lanza un alegato de defensa de dimensiones teológicas laicas en el que trata de definir el ser que contiene la frasca. Para apoyar su discurso se ayuda de tres tecnicismos metafísicos que entienden bien los integrantes de la mesa dada su condición de “profundos metafísicos amén de artistas eminentes”: Un ser en cuanto objeto, miembro e instrumento, conceptos que van íntimamente ligados, pues lo uno lleva a lo otro. Algo es objeto en tanto es independiente en origen de la realidad presente, ya sea en actividad o en reposo. Además, nada puede ser miembro si antes no ha sido objeto. Pertenece a algo superior y complejo que pone deberes para hacer en casa y que lo podemos llamar cuerpo. Este objeto de la frasca fue miembro y ya no lo es, lo que interesa es su instrumentalidad. El instrumento, al perder su condición de miembro, ha perdido toda capacidad instrumental. No hay más que mirarlo en su flotar amorcillado e inerte en el interior de la frasca. 

El mutismo de los jueces reta a don Jacobo Balseyro que adopta la actitud atacante de un felino, un fiero tigre de la Hircania,  pues si la blandura del objeto le priva de utilidad, ¿cómo se acusa a su defendida de usar el instrumento que ha dejado de ser miembro? El cuerpo estará repartido en los estómagos de los peces que se lo comieron y en los peces grandes que se zamparon a los chicos. Y acaso los elementos bioquímicos que un día constituyeron al capitán Barallobre estén en alguno de ellos. Sólo la fe y la palabra de Dios será capaz de integrar los átomos tan desperdigados cuando llegue la hora. 

Las palabras del Canónigo Balseyro resuenan poderosas en la sala, abarcan todos los registros musicales. Van del tono ronco del contrabajo a los agudos más altos de la flauta. “Ancho era el ritmo de sus palabras,” al exclamar dirigiéndose a los cinco jueces: “Y sin embargo, señores, es cierto, históricamente, que mi defendida sostuvo relaciones con el objeto de nuestro estudio, ésas precisamente que constituyen la base material de la acusación.” El alegato aquieta las cabezas de los jueces, excepto la de don Acisclo que se mantiene alerta como un mohicano que vigila los movimientos de un rostro pálido desde lo alto de un teso. Para él no hay más que hablar, el caso está visto para sentencia y despejen la sala. Pero el canónigo no está por la labor. Sería una prueba de miopía manifiesta si ahora se cerrara el caso. Hará una prueba: levanta la frasca por encima de la tonsura, dice algo que nadie oye y el miembro rompe lentamente las cualidades instrumentales. ¡Hechicería!, exclaman unos. Hechicería no, ¡sabiduría de Lucifer!, corrige el presidente. Si ustedes no lo saben, ¿por qué lo afirman? Inquiere don Acisclo. Don Jacobo no se achica y les pregunta si ya han olvidado la virtud de la palabra, toda palabra virtuosa, incluso las usadas por el diablo, pertenecen a la Palabra con mayúscula, de ella se desprenden. Las mismas palabras utilizadas por él figuran en la tradición massorética y son legado del Señor





Como es la primera entrada del nuevo año, aprovecho para desearle a todos los lectores, amigos y visitantes Feliz Año 2018.

Aquí se acabaría el relato para una mente teológica, pero no para una mentalidad científica como la suya, él va más allá. ¿Por qué mis palabras, o esas palabras que uso como mías, pueden obrar maravillas? Y se responde: “Porque la Palabra es la clave de la Ley, es la Ley misma.” Y la Ley dice que todas las moléculas que forman un cuerpo se atraen amorosamente y sólo en la unidad del cuerpo encuentran el equilibrio. Es cierto que la muerte las dispersa, por lo tanto la muerte no es más que la desintegración de la unidad. Pero el amor que las une no desaparece, de otra forma no se entendería la reunión de las moléculas para la marcha apresurada al Valle de Josafat como respuesta al toque de trompeta apocalíptico. 

Él no puede entregar el cuerpo resucitado del capitán Barallobre a su mujer porque la integridad de la Palabra es un misterio. Sus poderes se limitan a resurrecciones restringidas. Sus palabras solo movilizan el amor dormido entre moléculas, pero son incapaces de trasladarlas. La energía va directamente al miembro concernido y le devuelve el vigor y aptitudes para el que fue creado. Pero la lozanía se desvanece y hay que volver a empezar con la Palabra. Fue esta repetición la que llevó a la criada a delatar a la viuda por creer que entretenía sus nostalgias con un artilugio de fabricación extranjera, perseguido por el Santo Tribunal de la Inquisición que ellos representan. La perspectiva de que el Almirante pueda ser el padre de Cristal y como consecuencia una de las columnas de la mitología de Castroforte se disuelva, le llevan al convencimiento de que es mejor que las cosas queden como están. 

En ese momento aparece en escena de nuevo el tren lleno de putas negras, más veloz, con trayectoria de buscapiés, echando chispas por todos los agujeros atropellándolo todo, sin dejar títere con cabeza sobre el escenario. Cuando se consigue desalojar al tren mediante el uso de mecanismos de alto voltaje aquello parece el Campo de Agramante. Don Jacobo Balseyro hace un mutis despectivo por el foro y las acusadas se elevan a las alturas.


Recuerdo bien 
aquellos «cuatrocientos golpes» de Truffaut 
y el travelling con el pequeño desertor, 
Antoine Doinel, 
playa a través, 
buscando un mar que parecía más un paredón. 
Y el happy-end 
que la censura travestida en voz en off 
sobrepusiera al pesimismo del autor, 
nos hizo ver 
que un mundo cruel 
se salva con una homilía fuera del guion.
Luis Eduardo Aute




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 26 de diciembre de 2017

La noche que no paró de llover. Laura Castañón.





"Empecé a amarte por el secreto y en el secreto"

La noche que no paró de llover 
Laura Castañón 
Comentario

Laura Castañón ha escrito una novela que secunda la excelente impresión que dejó en los lectores Dejar las cosas en sus días, su ópera prima. El tema principal son los recuerdos de Valeria, una mujer mayor,  más cerca de los noventa que de los ochenta que se aloja en una residencia de ancianos. Hurgar en el pasado hasta hacer sangre y  por vasos comunicantes profundizar en la memoria histórica como en la primera novela. Valeria acude los martes a la consulta de Laia, una psicóloga que le ayuda a coger fuerzas para abrir un sobre que su hermana, Gadea, le deja al morir. Un miedo patológico, el canguelo que te entra al abrir un sobre con las notas de unas oposiciones o los resultados de unos análisis médicos. Laia es una  recién llegada a Gijón por amor, siguiendo los pasos de Emma, colega de profesión a la que conoce en Madrid. Con lo cual ya tenemos otro tema que la autora desarrolla con maestría para instalar tensión narrativa en el relato: la relación desde dentro de una pareja homosexual femenina cuya personalidad es bastante diferente. Anexos a esto, como se pueden imaginar, van tratados asuntos de candente actualidad: parejas de hecho; los hijos y sus diferentes variables de paternidad y maternidad fuera del patrón clásico de hombre y mujer; conflictos en las parejas, similares a cualquier pareja heterosexual patriarcal de toda la vida; el grado de aceptación de los padres y de la sociedad en general, etc. 

Para mí es una novela valiente, arriesgada, porque erige de protagonista a un personaje a contrapelo, adusto, tieso como un palo seco; vamos, lo más parecido a una señorita Rottenmeier, una máquina de reñir. A través de un lento proceso de ablandamiento de la coraza, a medida que la novela avanza, se llega a los entresijos más profundos de un ser humano, a los secretos  que no se le cuentan ni al confesor. Sonsacar es el milagro, y el diván de Laia (la psicóloga que escucha, interpreta y a veces juzga) lo consigue de manera magistral. A través de sus monólogos semanales ante la confesora nos vamos enterando progresivamente de su historia. Valeria es una privilegiada, pertenece a una de las familias acomodadas de Gijón. Nunca pasó necesidad, ni siquiera en los peores momentos de la Guerra Civil cuando el Almirante Cervera y la aviación de los nacionales bombardeaban la ciudad; la familia tiene una casa en un pueblo lejos de las bombas y un padre que consigue salvoconductos para atravesar las líneas y controles de los milicianos sin contratiempo. Noventa años dan mucho que contar, demasiadas historias dormidas, por eso la novela se alarga bastante. La autora consigue al final que el lector y los que la rodean la exoneren de culpa, lo cual parecía imposible al principio. He aquí a mi juicio otra de las habilidades de la autora: cómo conseguir la empatía con Valeria, compendio de cualidades negativas, una señora pija en el vestir, una fascista de esas que hay que echar del barrio y señalarla en las paredes. Pero nadie lo hace, seguramente porque la autora opta por la imparcialidad, está convencida de que los conflictos hay que mirarlos siempre con dos ojos para evitar caer en el sectarismo. No voy a contar los porqués, sería desvelar demasiado de la historia. 




"Empecé a amarte a la vez que aprendía los caminos secretos que me llevaban al centro de ti misma"

El armazón narrativo guarda cierta complejidad, está constituido por una voz narradora en tercera persona intensa, quiero decir intimista, que se mete en la mente de los personajes hasta llegar al fondo de tristeza y cierta melancolía que impregna la obra en su conjunto. Esta voz en tercera persona se mezcla con los sueños de Valeria, reproducidos en primera persona e indicados en letra cursiva; se amalgama al monólogo de Valeria ante Laia a la que cuenta los pecados inconfesables y después está también la primera persona en el tono desenfadado y desenvuelto del diario de Emma que le da vivacidad y chispa al relato. Los comentarios en agraz que Emma vierte en su diario son el contrapunto humorístico a la tristeza que invade la novela. Es decir, la novela crece en esta mezcla de  tonos, de temáticas y de técnicas narrativas que de forma paulatina nos vamos encontrando a medida que el relato avanza. 

Como ya hemos señalado, el personaje de Valeria vertebra la narración, cosido a ella surge Feli, otra mujer y otro personaje importante aunque no sea de los principales de la novela. Feli trabaja de empleada en la residencia de ancianos de Valeria, es un personaje que fascina porque trabaja en lo que nadie quiere, porque es ella quien nos enseña cuál es el trabajoso proceso de creación de un libro. En cierta forma el lector empuja a que descubra hechos y datos sobre Valeria que el lector ya sabe; por ejemplo, deduciendo por fotos antiguas que Gadea no es una perra. La autora consigue que los lectores se unan a Feli en el proyecto común de escribir un libro sobre la memoria histórica. He aquí otro valor añadido de la novela: recoger los recuerdos de las últimas voces vivas de la Guerra Civil (van desapareciendo por imperativo biológico), los testimonios directos de la brutalidad del hombre cuando pierde el raciocinio, la humanidad, y se comporta como las bestias. Hay aquí suspense y acción, un guiño a las técnicas que los autores de novela negra usan para investigar casos o descubrir asesinos, ganando así a los lectores para su causa, haciendo que las  afinidades sean electivas. 

El comienzo de La noche que no paró de llover es raro. Un punto de partida a contracorriente que no se ajusta a lo que estamos acostumbrados a leer: un principio espectacular que te pegue como una lapa a la lectura. Sin embargo, la novela consigue una aceptación lenta pero segura; incluso te hace regresar a su lectura una vez que has llegado al final. Entonces comprendes el significado del sueño y te das cuenta de la jugada maestra de la autora; te está revelando el final desde el principio sin que te enteres. El tema primero que desencadena la escritura, la materia sólida del cimiento necesario para que florezca la fuerza creadora y se escriban más de quinientas páginas de literatura e historias que convergen.

Otro rasgo que llama la atención de la novela es la brevedad de los capítulos, perfectamente abarcables para el lector con prisas y poco tiempo para dedicarle al vicio de leer. Esta lectura fragmentaria, acorde con la tendencia actual de leer a pocos y seguramente influenciada por  internet y la lectura en pantalla, le dan dinamismo a la narración y favorecen el cambio de estilo y tono de la escritura que va de una notable intensidad lírica a páginas en las que el humor es un ingrediente activo, pero no esperen cambios bruscos, la suavidad y el temple es la norma hasta dejarlo todo a un andar. Y que no se me olvide citar el logro de introducir pequeños trozos de canciones al final de los capítulos en los que Emma se desmelena en su diario, recuerdo el blog de Aldabra que usaba el recurso con sabiduría. 




"Empecé a amar tus clavículas, a perderme en el laberinto de los mechones de tu pelo"

Que el primer sueño es la forma de cerrar el círculo de los diez sueños de Valeria, estratégicamente distribuidos a lo largo de la novela, lo sabemos más tarde. Estos sueños son como el heraldo de la narración que sigue,  contado todo en tercera persona. La entradilla de la crónica desarrollada más tarde. Incluso se nos da la clave del título, sin desmedro de lo que viene a continuación: “Creo que nunca lo había visto sonreír así, con todos los dientes. Sonríe y respira, y yo me digo, pero cómo va a ser, si ya han pasado tantos años, y sin embargo sé que es esa noche porque oigo la lluvia, no para de llover.” 

Los dientes como fijación, lo mismo que Cervantes, deben ser las estrellas que te hacen ver en el techo de la consulta del dentista mientras permaneces con la boca abierta a su merced. Laia en medio de cornejas, como las palomas durante una noche que no deja de llover. Emma y su diario para avanzar en la trama y conseguir un llamativo contraste entre el estilo severo de las confesiones Valeria y el desenfado del diario de Emma

Después del sueño tan enigmático,  la lucha con el paraguas madrileño siguiendo a un perro, (algo del paraguas de Augusto Pérez al comienzo de Niebla y un perro al que seguir). Un paraguas que no está acostumbrado a los arreones de la lluvia horizontal de Gijón que los deja inservibles,  en un guiño a la portada de Dejar las cosas en sus días, una Mary Poppins voladora en un paraguas.

Si el estimado lector ha llegado hasta aquí, es buena señal porque quiere decir que le interesa la novela y si no la ha leído todavía, haría bien en leerla, no le defraudará.  

La nostalgia que trajo desde su 
hogar, y la historia de una vieja 
manta que se olvidó en aquel cajón 
del aparador 
 Que ocupaba la pared donde 
colgaban las fotos que no pudo 
recoger cuando tuvo que salir, 
aquel día que no paraba de llover. Y 
en el banco que queda donde la 
estación de tren, ella canta 
canciones para quien quiera 
escuchar
Nena Daconte



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

La saga/fuga de J.B. (40) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Juegos de manos.




"Macora custato lostia"

La saga/fuga de J.B. (40) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Cuando el corregidor descerraja los candados de la puerta grande de la casa, aparece a contraluz la silueta de don Asterisco. Entra con la elegancia y paso de los jóvenes cardenales romanos, destocado de la teja que lleva en una mano, como un espantapájaros oscuro recortado contra la claridad de la calle. Dice que viene en son de paz, trae un mensaje de las tropas reales, pero su oferta suena más a amenaza y chantaje: no pasarán a cuchillo a los defensores si les entregan a los cabecillas del motín contra el Santo Oficio y ceden la custodia del Santo Cuerpo Iluminado. Y añade un deseo íntimo, a modo de petición personal: que la Señora Viuda sienta el mordisco de la soledad en un convento donde el canónigo pueda tutelarla, sacar su alma del pecado y encaminarla a la salvación. Un suspiro, ni corriente ni sentimental, escapa de la boca de la viuda a modo de respuesta. 

Los suspiros son una materia poco investigada. José Bastida no es un experto, pero puede distinguir entre los suspiros de alivio que su madre dio al parirle y el suspiro de Julia al subir las escaleras a oscuras tanteando el aire con las manos. Las congojas se le escapan del pecho al juntar las manos frías y temblorosas con las de José Bastida en la oscuridad y sentir la atracción hacia él con la fuerza de un imán. Huele bien, a pachuli fino, seguramente regalo de algún viajante catalán como trámite previo a la conquista. Las manos repasan la tela suave del camisón. El lleva el pijama nuevo, una rareza cara, exclusivo de burgueses acomodados ¡Cuánto no le habrá costado! 




"sema lostia faldelida"

Después Joseíño ya no recuerda si es ella la que da permiso para acariciarla o pide que la acaricie porque lo que sucede a continuación es tan maravilloso que lo deja escrito para los restos en su idioma privado. Ella se siente como desmayada, en el mismo centro del silencio, “empujada por todos los sistemas, por todos los músculos y nervios” antes de quedarse quieta. Las vibraciones positivas se propagaban por la estancia sin degradarse y “regresaban cargadas de perfumes, sabores y polvillo de estrellas remotas.” Un crujido en el tramo de escaleras que siempre cruje, saca a ambos del “ancho espacio y largo tiempo.” Siente una sombra menuda y encorvada traspasar las tinieblas del descontrol. Es don Acisclo que riñe al electricista por errar en el relámpago que desvela a los espectadores el misterio de su sombra. El objetivo de don Acisclo es provocar horror. Para ello proyecta una luz verde de cadáver en los decorados que representan las escalinatas de la Colegiata y la cuesta de la Rúa Sacra, adornados con cortinajes verdes sostenidos por ángeles trompeteros. La Rúa Sacra se llena de gente, confundido entre el gentío camina don Fulgencio Torroella muerto, pero no de su muerte en el treinta y seis. Los vivos se mezclan con los muertos en la ceremonia de la confusión. 

En el centro del escenario instalan a martillazos un poste alto rodeado de haces de leña seca. Justo entonces es cuando Jota Be comprende que van a representar a Juana de Arco con texto de don Acisclo. En ese preciso instante le vienen ganas de fastidiar un poco. Mete en el escenario un tren cargado de putas negras dando vueltas alrededor del poste, pitando y asustando a los espectadores hasta que descarrila y hace mutis por el foro. 

Don Acisclo saca de la manga cuatro muñecos que recrecen hasta el tamaño de un hombre alto. Representan a cuatro clérigos: don Asclepiadeo, don Asterisco, don Amerio y don Apapucio. Qué pena no poder ensayar la eficacia de la leña sobre algún hereje si el tren hubiera venido cargado hasta los topes de herejes. Él no puede escuchar lo que hablan los clérigos entre sí, pero se entera de lo que dicen. Los fenómenos extraordinarios le dan mala espina. Vienen del otro mundo, el cielo está vacío. No hay fuego en el infierno. No han visto a Dios por parte ninguna. Malamente lo van a ver si Dios no existe, sentencia don Acisclo. Sin embargo, ahora van a juzgar en nombre de Dios, precisamente porque no existe. Hay que juzgar, hay que juzgar porque es lo que les gusta y es para lo que están. Juzgar a la maldita sirena, a Marietta, a Guadalupe o a cualquier culpable. Cada uno se dispone a contar su historia. Que por otra parte es lo que llevan haciendo desde que están muertos, para desesperación del público asistente. No hay derecho a hacerles esperar por muy muertos que también estén. Total para escuchar a los cinco cabrones que se ríen de sus conquistas femeninas y abandonos posteriores. Reconoce que lo que más le molesta son los fundamentos teóricos del chorrito de oro que sale del abdomen. “¿Por qué habían de estar encaminadas al placer del otro?” "¿Qué especie de monstruos eran las hembras, cuya vida giraba en torno al hecho de apropiarse con carácter exclusivo o compartido el chorrito de uno o varios varones?” 




"mástida curva leslipolantes"

Cada uno de los cinco ha resuelto el conflicto a su modo. Don Acisclo es experto en poluciones nocturnas, se inspira en dos o tres potentes imágenes eróticas; por ejemplo, en una mujer que enseña los tobillos al subir la escalera, se desnuda poco a poco y sin necesidad de contacto se encadena al efecto final. Un método gratuito que ha perfeccionado mediante la dedicación de tiempo al estudio y ejercicio del arte, mientras otros se dedican al galanteo y folloneo. 

Don Asterisco es más partidario del método monacal porque,  según señala,  “los tres últimos golpes nadie los da como el interesado.” Los problemas de don Acisclo con el chorrito de oro son otros. Las cuatro variantes con Marietta y las dos con Guadalupe levantan olas de admiración entre los presentes. Don Acisclo impone el criterio de que al alzarse el telón lo mejor es un cuarteto de cámara con la variante de sustituir uno de los violonchelos por una trompeta que espabile a los difuntos rezagados o a los vivos dormilones. El trompetista lo tienen en don Amerio, aprendió a tocar en Las Filipinas para congregar a los tagalos a los oficios religiosos de los domingos y fiestas de guardar. De nuevo don Acisclo impone el programa; tocarán el quinteto para cuerda y trompeta, opus 52 bis, de Von Bonivorgenberg. 

La ejecución es perfecta, sobre todo la de don Acisclo que arrebata a los muertos de sus muertes con el solo de su Guarnieri en el largo scherzo. Los espectadores no han dejado de aplaudir cuando irrumpen en la sala unos encapuchados con chicotes en las manos listos a repartir zurriagazos en todas las espaldas. Se va a proceder al juicio público de cuatro pecadoras.

Si estrenaban Cleopatra y pedían el carnet 
 yo iba con corbata y pomada que cura el acné. 
 Hasta que aquella bici de mi niñez se fue quedando sin frenos 
 y en la peli que pusieron después nunca ganaban
los buenos. 
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Don Juan Tenorio (y 6) José Zorrilla. Rey sin corona.





"Y las campanas doblando por ti están"

Don Juan Tenorio (y 6) 
José Zorrilla 

ACTO TERCERO 
El ritmo apresurado de los primeros actos se serena en la segunda parte. De los diálogos eléctricos pasamos a los largos soliloquios que reflejan el conflicto interior de don Juan. La tensión dramática se articula en torno a la salvación o condenación del protagonista y a la lucha interior por discernir entre alucinación y realidad, siempre bajo la amenaza del reloj de arena, el tiempo que se agota, el miedo a morir sin perdón. Como ya nos advirtió el autor en los créditos de la obra, Don Juan Tenorio es no solo un drama fantástico, también lo es religioso como acabamos y terminaremos de ver y comprobar. Si el capitán Centellas mató a don Juan en la calle, ¿a qué viene su aparición aún vivo en el acto final? Y qué decir del trasiego de cadáveres, espectros y sombras, planteando un conflicto de dimensiones teológicas sobre el verdadero momento de la separación del alma y del cuerpo. Doctores tiene la santa madre iglesia que lo sabrán responder. 

Don Juan sale a escena con la lentitud de los muertos que no conocen la prisa. Acude a la cita con la estatua de don Gonzalo. Siguen en el panteón de los Tenorio, las estatuas de don Gonzalo y doña Inés han bajado al suelo. Don Juan reflexiona en voz alta, se quita la culpa, él no es responsable de las muertes que se le imputan, fueron ellos los que tenían marcado el destino. Ellos fueron los que le salieron al camino conscientes de su destreza y ventura. Ahora siente el eco de las sombras: 
¡Oh! Arrebatado el corazón me siento 
por vértigo infernal…, mi alma perdida 
va cruzando el desierto de la vida 
cual hoja seca que arrebata el viento. 



"Fantasmas desvaneceos"

Siempre pensó que el alma moría al mismo tiempo que la vida, pero hoy siente los pasos de piedra de don Gonzalo tras los suyos. Duda de su esencia. Si todo es sueño, nadie le va a aterrar con engaños. Si es realidad, buena gana de intentar aplacar el enojo del cielo. En modo alguno se achica, da la cara para que se aclare si es realidad o sueño. El escenario se convierte en un aquelarre. Se abren los sepulcros. Los esqueletos envueltos en sudarios salen de las tumbas; las sombras, espectros y espíritus pueblan la escena. La mesa es un pandemónium, la capital del infierno: un plato de ceniza, una copa de fuego y un reloj de arena prestos encima de ella; rodeada de culebras, huesos y fuego. El valor y el sentido se van alejando de don Juan cuando la estatua de don Gonzalo le dice que su existencia se agota. Necio es quien no teme a la muerte. Ante el adiós definitivo el valor se trueca en pavor. Antes debe asistir al festín que la estatua le ha preparado. Fuego y ceniza, el futuro que le espera al salir de allí. Fuego en el que arderá eternamente, consecuencia de su mala vida, pago del desenfreno ciego. Sólo ahora que la sangre le hiela el corazón, comprende que hay otra vida más allá. Qué injusto es el cielo que no le deja ni tiempo para arrepentirse de sus treinta años de crímenes y delitos, se lamenta don Juan al ver que sólo unos granos de arena faltan por consumirse. Imposible que sólo un instante de contrición sirva para borrar tanta maldad acumulada. 

Don Juan asiste a su propio funeral, las campanas doblan por él. El sepulturero cava la fosa y los fieles cantan los responsos en honor a don Juan. El muerto está, el capitán Centellas lo mató a la puerta de su casa aunque él no quiera recordar. Ya solo pide: 
Dejarme morir en paz 
a solas con mi agonía 

La estatua ya no insiste más, le ofrece la mano de nieve, la negra mano huesuda para que le acompañe al infierno, pero don Juan reacciona en el último instante: 
¡Aparta, piedra fingida! 
Suelta, suéltame esa mano 
que aún queda el último grano 
en el reloj de mi vida. 


"Mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán"


Justo cuando don Juan se dirige a Dios: “¡Señor,  ten piedad de mí!”, todas las sombras, esqueletos y seres del más allá se abalanzan sobre él y se abre la tumba de doña Inés que toma la mano libre de don Juan. Viene en nombre del cielo a perdonarle. Dios le otorga la salvación gracias a su intersección. Misterio cuya comprensión está solo al alcance de los justos. Cesan los responsos, para la música fúnebre, callan las campanas, las sombras regresan a las urnas, vuelven los esqueletos a sus tumbas y las estatuas se encaraman a los pedestales. Comienzan para don Juan las celestes venturas al tiempo que la estancia se ilumina con luz de la aurora por primera vez en la obra. 

Parece que el alma de don Juan va al purgatorio porque muere con perdón, es el Dios del perdón el Dios de don Juan Tenorio. El telón no cae hasta que los espectadores ven a don Juan morir a los pies de doña Inés. Mueren en el mismo acorde, los dos a la vez. Las almas vuelan en forma de llamaradas de sus cuerpos sin vida.


Yo el trovador cascado 
Tu la gran prima donna 
Tu reina sin corona 
Yo fuera de la ley 
 La canción que te escribo 
No es más que una postdata 
Si la bailas con otro 
No te acuerdes de mí
Joaquín Sabina



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.